Autor: Martín Acuña
Publicado en: MIDES
Luis Alberto de Herrera y General Flores a las cinco de la tarde. La dinámica del tránsito se volvía vertiginosa en Montevideo. Bocinas que aturdían; peatones apurados, paradas llenas. Cada persona quería llegar a su destino. Entre la multitud, alguien con los ojos tapados, lentes de sol y un bastón blanco intentaba tomar un ómnibus. No era una persona ciega. Era una estudiante que rendía la prueba del curso de orientación para no videntes. El lunes 15 de noviembre, en el Centro Tiburcio Cachón recibió su título.
Luis Alberto de Herrera y General Flores a las cinco de la tarde. La dinámica del tránsito se volvía vertiginosa en Montevideo. Bocinas que aturdían; peatones apurados, paradas llenas. Cada persona quería llegar a su destino. Entre la multitud, alguien con los ojos tapados, lentes de sol y un bastón blanco intentaba tomar un ómnibus. No era una persona ciega. Era una estudiante que rendía la prueba del curso de orientación para no videntes. El lunes 15 de noviembre, en el Centro Tiburcio Cachón recibió su título.
Después de cinco meses de cursos teóricos y prácticos, con materiales acerca de psicomotricidad, psicología y orientación para personas no videntes, 14 estudiantes del curso recibieron sus diplomas en una ceremonia emotiva, en la que se prometieron no llorar, por más que la mayoría no cumplió.
"La ceguera implica la muerte de una persona y el nacimiento de otra; es fuerte pero cierto. Debe nacer una persona que no puede ver y debe hacer sus aprendizajes", dijo la profesora, María Goldstein. "Como un niño, tiene que aprender a caminar nuevamente, debe experimentar para conocer el mundo, dónde puede ir y cómo debe hacerlo. Como un niño, también puede caer y debe levantarse", ejemplificó.
Después detalló que tomar un ómnibus capitalino implica una espera que varía según la hora del día y tiene sus períodos más largos en hora "pico"; que muchas veces representa una "lucha" subir a la locomoción y una peor bajar y que para quien no ve es necesario consultar a otras personas para saber el destino y el momento en que se llega a la parada final. Explicó hasta los detalles más pequeños, porque los familiares de los egresados en muchos casos viajaron desde el interior y no conocían la rutina de la gran ciudad. También fue minuciosa para incluir a los personas no videntes que estaban en la sala: explicó cómo era el lugar, dónde estaban las autoridades, dónde estaban los participantes y, a la hora de exponer fotografías del curso, qué contenía cada imagen. En total había más de 60 personas, entre egresados, amigos, familiares y usuarios del centro de rehabilitación.
Mariana De León, una de las alumnas, destacó: "Aprendimos que hay que ponerse en el lugar de la otra persona, entender qué tipo de discapacidad tiene y qué dificultades le presenta asumirla. En cierta forma es admitir una vulnerabilidad y trabajar para superarla". Sus compañeros coincidieron en que el trabajo con no videntes fue sumamente enriquecedor. Las autoridades presentes: Silvia Perini, directora técnica del Cachón y Guillermo Manito, director del Instituto para Ciegos Artigas, anunciaron que se proyecta llevar estos cursos a diferentes departamentos, ya que hay orientadores egresados de Rivera, Artigas, Durazno, Paysandú, Rocha, Canelones y Montevideo.
El programa incluyó técnicas en orientación y movilidad, búsqueda de objetos caídos, balance y equilibrio, elaboración de mapas, técnicas para sentarse, talleres de esgrima y caminatas al aire libre con dificultades progresivas. Para llegar al egreso; en parejas los alumnos hicieron de guías unas veces y de no videntes otras. Utilizaron lentes especiales, con partes tapadas para simular las dificultades que causan las patologías. También hicieron prácticas con personas que asisten al Centro Cachón y salieron días soleados, días fríos y con tormenta de lluvia y viento. Porque quienes no ven pueden asumir una rutina con obligaciones diarias en cualquier condición climática y en la mayoría de los casos, tienen la voluntad necesaria para hacerlo
